Cuesta imaginarse a Michael Jackson haciendo ciertas cosas, como manejar. Una de las mejores escenas de un borrador inicial de Michael, la próxima película biográfica del cantante, describe al futuro Rey del Pop abriéndose paso entre el tráfico en una autopista de Los Ángeles camino al estudio. Era 1979 y, con 20 años, estaba solo en su Mercedes abarrotado, entonando una canción recién escrita: “I Can’t Help It”, una balada doliente y algo desconcertante que terminaría siendo el lado B de Don’t Stop ’Til You Get Enough, su álbum clásico. El coche, entrañablemente desordenado, está repleto de libretas de notas; mensajes inspiradores en el tablero manifestaban el sublime tramo de su carrera que se vislumbraba en el horizonte. Estaba en plena grabación de su obra maestra Off the Wall, cuya portada captaría su aspecto de ese entonces: más oscuro y con rasgos menos delicados, con un afro apropiado para la época; imposiblemente joven, aunque ya era un veterano del mundo del espectáculo con 15 años de experiencia. No puedo evitarlo, aunque quisiera… Un estribillo perfecto, perfectamente ejecutado. Soltar el “si” lo hizo memorable.
En sus propias memorias, su madre, Katherine Jackson, cuenta otra historia sobre Michael conduciendo, afirmando que acabó en la cárcel tras ser detenido por un policía que, de alguna manera, no lo reconoció y pensó que su Rolls-Royce parecía “un coche robado”. La anécdota parecería material perfecto para una película biográfica. Pero no llegó a incluirse en el primer borrador de Michael, tal vez por su oscuridad, tal vez por la manera en que inevitablemente le recordaría a los espectadores los futuros roces de Jackson con la ley.

“Ojalá pudiera separar al artista del hombre”, dijo una vez John Logan, guionista de Michael, sobre Alfred Hitchcock, otro de sus protagonistas. Pero las películas biográficas musicales de Hollywood se construyen para hacer lo contrario de separar el arte de sus imperfectos creadores humanos. Una película biográfica autorizada de un músico requiere la aprobación del patrimonio y de los propietarios del catálogo —los albaceas de Jackson se encuentran entre los productores de Michael— y, por lo tanto, es una vitrina cuidadosamente gestionada de éxitos interpretados de manera visceral, con sonido y efectos visuales de calidad de concierto. Pero también es una oportunidad para vincular las canciones a un arco narrativo satisfactorio, en el que la lucha personal del protagonista profundiza nuestra apreciación de su propiedad intelectual —perdón, arte—, ya sea la adicción de Ray Charles, la agitación romántica y política de Bob Dylan, la depresión de Bruce Springsteen o la sexualidad de Freddie Mercury. Los nuevos seguidores salen del cine sintiéndose conectados no solo a la banda sonora, sino también con una interpretación definitiva de la vida de su creador.







