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“Hemos convertido la militancia en una membresía de Costco”, dice carta abierta a panistas de Chihuahua y que circula en redes

Una carta abierta a militantes del PAN comenzó a circular este fin de semana en grupos de WhatsApp y otras redes sociales, en donde el principal reclamo es que los panistas reclaman sólo cuando les conviene, pero no actúan cuando el partido los necesita.

Aquí la carta íntegra:

“CARTA ABIERTA AL PAN DE CHIHUAHUA

DEJEMOS DE MENTIRNOS

A quienes dirigimos, representamos y militamos en Acción Nacional en Chihuahua:

Esta carta no se escribe desde la superioridad moral. Quien la firma tampoco puede declararse inocente. El PAN que hoy tenemos es resultado de lo que todos hemos hecho, permitido, callado o aprovechado.

El problema no siempre son los otros.

El problema también somos nosotros.

Hemos convertido la militancia en una membresía de Costco. La sacamos cuando necesitamos una candidatura, un cargo, un contrato, una posición interna, apoyo para una aspiración o votos en una elección.

El resto del tiempo, la dejamos guardada.

La dirigencia busca a los militantes cuando necesita llenar un salón, movilizar una campaña, defender una decisión o ganar una contienda interna. La militancia busca al partido cuando necesita una oportunidad.

Entre una necesidad y otra casi no existe vida partidista.

Exigimos ser tomados en cuenta, pero pocas veces participamos en lo cotidiano. Pedimos espacios, pero casi nunca ayudamos a construirlos. Reclamamos que el partido regrese a las calles, aunque nosotros también dejamos de caminar por ellas.

Queremos democracia interna, siempre y cuando gane nuestro grupo.

Queremos unidad, siempre y cuando todos se formen detrás de nuestro candidato.

Queremos apertura, siempre y cuando la decisión final nos favorezca.

Queremos principios, siempre y cuando no interfieran con nuestras aspiraciones.

A las dirigencias hay que decirles su verdad.

Administrar un padrón no es dirigir un partido. Organizar actos, emitir convocatorias y tomarse fotografías no significa construir militancia. La unidad no consiste en informar una decisión cuando todo ya está resuelto ni en invitar a los demás únicamente para que aplaudan.

Quien dirige tiene la obligación de escuchar también a quienes incomodan, cuestionan o no pertenecen al grupo ganador. No puede pedir institucionalidad mientras utiliza al partido para proteger aliados, repartir posiciones o preparar la siguiente candidatura.

Tampoco puede llamar traición a toda crítica.

A quienes gobiernan también hay que decirles su verdad.

El partido no es un elevador que se utiliza para llegar al cargo y se abandona al cerrar la puerta de la oficina. Ganar una elección no autoriza a desaparecer de las colonias, dejar de escuchar a la militancia ni rodearse únicamente de funcionarios y colaboradores.

Durante las campañas todos quieren caminar, escuchar y tomarse fotografías con la gente. Después del triunfo, las agendas se cierran, los teléfonos dejan de responder y los ciudadanos vuelven a convertirse en estadísticas.

Luego llega el desgaste y todos preguntan qué pasó.

Pasó que dejamos de regresar.

Pasó que confundimos gobernar con administrar puestos.

Pasó que nos convencimos de que una buena obra, un discurso o una publicación podían sustituir la presencia diaria.

Pasó que buscamos a la gente para pedirle confianza y después dejamos de darle explicaciones.

A los funcionarios hay que recordarles que el cargo no es un premio por años de militancia ni una beca otorgada por pertenecer al grupo correcto. Un nombramiento obliga a dar resultados.

Quien utiliza el gobierno para construir una candidatura personal, acomodar cercanos o fortalecer una corriente interna daña al gobierno y al partido. Quien guarda silencio frente a los errores para proteger su posición también es responsable.

A los alcaldes, diputados, síndicos, regidores y representantes populares hay que decirles que ganar una elección no los convierte en dueños de los votos recibidos. Una oficina de enlace vacía, una agenda alejada de la gente y una red social llena de fotografías no sustituyen el trabajo político.

Levantar la mano, asistir a actos y repetir mensajes institucionales tampoco basta. Representar exige regresar al territorio, explicar decisiones, escuchar molestias y responder incluso cuando no hay una cámara presente.

A los aspirantes hay que decirles su verdad.

Una aspiración personal no es un proyecto colectivo. Una encuesta favorable, un grupo de WhatsApp, varias reuniones privadas y una colección de fotografías tampoco construyen una candidatura.

Nadie puede exigir que todo el partido se una detrás de su proyecto si nunca estuvo dispuesto a respaldar el proyecto de alguien más.

Quien comienza su camino destruyendo a otros panistas llegará debilitado a cualquier elección constitucional. No puede pasar meses filtrando rumores, desacreditando correligionarios y dividiendo estructuras para después pedir unidad, generosidad y disciplina.

La unidad no se decreta después de ganar. Se construye antes, especialmente cuando toca respaldar a otro.

A los exdirigentes y exfuncionarios también hay que decirles su verdad.

No se puede guardar silencio mientras se disfruta del poder y descubrir todos los males del partido después de perder influencia. Criticar es válido. Presentarse como una autoridad moral después de haber practicado los mismos vicios requiere, por lo menos, memoria y autocrítica.

Quien participó en decisiones cerradas no puede denunciar exclusión como si nunca hubiera excluido. Quien pidió disciplina no puede celebrar ahora la indisciplina solo porque cambió de posición. Quien fue beneficiario de acuerdos políticos no puede fingir que acaba de descubrir el pragmatismo.

A los grupos internos hay que decirles que organizarse es legítimo. Convertir al partido en un reparto de territorios, candidaturas y puestos no lo es.

Cuando la pertenencia a un grupo pesa más que la capacidad, el trabajo o la trayectoria, dejamos de construir liderazgos y comenzamos a fabricar lealtades personales.

Cada grupo acusa al otro de secuestrar al partido, pero todos intentan controlarlo cuando tienen la oportunidad.

A los disidentes también hay que decirles su verdad.

Disentir no otorga superioridad moral. Hay quienes cuestionan por convicción y hay quienes lo hacen porque quedaron fuera del reparto. Hay quienes buscan corregir al partido y quienes esperan verlo fracasar para demostrar que tenían razón.

Sabotear, filtrar, dividir y descalificar no se convierte en valentía por llamarlo libertad de expresión.

Quien desea dirigir mañana tiene que demostrar hoy que sabe construir, no únicamente destruir.

A la militancia hay que decirle nuestra verdad.

No podemos comportarnos como clientes que reclaman un servicio. Militar implica participar, formarse, trabajar y sostener convicciones incluso cuando no existe una recompensa inmediata.

También hemos faltado a reuniones. Hemos dejado solos los comités. Hemos pedido oportunidades sin asumir tareas. Hemos compartido rumores contra nuestros propios compañeros. Hemos defendido errores por lealtad a un grupo y condenado los mismos errores cuando los comete otro.

Aplaudimos a quien tiene poder y después afirmamos que nunca estuvimos de acuerdo.

Nos indignamos cuando quedamos fuera, aunque permanecimos callados cuando otros fueron excluidos.

Pedimos que se escuche a las bases, pero muchas veces negociamos nuestro respaldo a cambio de una posición.

No somos víctimas permanentes de las dirigencias. También hemos alimentado el sistema que ahora criticamos.

En el PAN de Chihuahua ya ni siquiera aplica aquello de “muera el rey, viva el rey”. Aquí parece dominar una versión más destructiva: “muera el rey y muera también quien venga después”.

No construimos relevos. Construimos venganzas.

Esperamos que fracase quien está al frente para cobrarle una factura. Celebramos en privado los errores de gobiernos surgidos de nuestras propias filas. Debilitamos a quienes después pretendemos presentar ante la ciudadanía como personas confiables.

Destruimos internamente a nuestros perfiles y luego culpamos a los electores por no respaldarlos.

Con las alianzas exhibimos otra contradicción.

Nadie quiere construirlas mientras existe la posibilidad de ganar solo. Cuando los números ya no alcanzan, todos descubren las virtudes del diálogo y la suma.

Resulta inevitable señalar la contradicción de que quien alguna vez coordinó alianzas hoy sea detractor de ellas. Cambiar de opinión es válido. Lo que debe explicar es qué cambió, cuáles fueron los resultados y qué principio sostiene ahora su postura.

Las alianzas no pueden ser buenas cuando entregan posiciones al propio grupo y malas cuando benefician a otro.

Nos hemos vuelto tan moralistas que terminamos practicando dos morales.

Una para juzgar a los adversarios y otra para justificar a los amigos.

Una cuando estamos en el poder y otra cuando quedamos fuera.

Una para exigir disciplina y otra para celebrar la rebeldía.

Una para condenar los acuerdos ajenos y otra para explicar los propios.

Una para hablar de doctrina y otra para repartir cargos.

Nos llenamos la boca hablando de principios, pero demasiadas veces utilizamos esos principios como argumentos de temporada.

Hablamos de bien común mientras cada grupo protege su interés.

Defendemos la dignidad de la persona mientras despedazamos públicamente a nuestros correligionarios.

Exigimos participación ciudadana mientras cerramos decisiones internas.

Prometemos gobiernos cercanos mientras dejamos de visitar las colonias.

Presumimos democracia interna mientras intentamos controlar cada proceso.

Pedimos generosidad a quien pierde, pero casi nunca humildad a quien gana.

La ciudadanía no tiene obligación de votar por el PAN debido a su historia. Tampoco tiene que agradecer lo que hagan sus gobiernos. La confianza se obtiene todos los días y se pierde cuando dejamos de escuchar, explicar y cumplir.

La marca no se desgasta sola.

La desgastamos nosotros cuando utilizamos al partido para resolver proyectos personales. Cuando defendemos lo indefendible. Cuando callamos por conveniencia. Cuando regresamos a las calles únicamente durante las campañas. Cuando repartimos culpas y evitamos responsabilidades.

Después señalamos al grupo que está al frente como si hubiera llegado de otro partido.

Los disidentes cambian con cada dirigencia. Ayer fueron unos y mañana serán otros. Quien hoy exige obediencia puede convertirse en rebelde cuando pierda una posición. Quien hoy denuncia exclusión puede cerrar las puertas cuando tenga el control.

Tenemos memoria para recordar los agravios recibidos y poca disposición para reconocer los agravios cometidos.

Por eso gobernamos una temporada y dedicamos la siguiente al canibalismo político.

Ganamos una elección y comenzamos de inmediato la lucha por la sucesión. En lugar de cuidar al gobierno, cada grupo calcula cómo quedarse con lo que sigue. En lugar de consolidar resultados, comenzamos a desgastar a quien podría competir.

Así podemos conservar cargos y perder al partido.

Así podemos ganar una elección interna y perder la confianza de la sociedad.

Así podemos tener gobiernos panistas sin construir una comunidad panista.

El PAN no pertenece al grupo que hoy lo dirige, al que hoy disiente ni al que espera la siguiente candidatura. Tampoco es una agencia de colocación, una franquicia electoral o una base de datos que se activa durante las campañas.

Reconstruirlo exige dirigencias presentes todo el año. Funcionarios que rindan cuentas. Representantes populares que regresen a las calles. Procesos internos con reglas confiables. Candidaturas sustentadas en trabajo y resultados. Alianzas con criterios públicos. Militantes dispuestos a participar aunque no exista un cargo en juego.

Exige también que quienes ganan sepan incluir y que quienes pierden sepan construir.

La crítica contra Acción Nacional no comienza cuando alguien cuestiona públicamente al partido. Comienza mucho antes, cuando dejamos de estar presentes. Cuando la militancia sirve para llenar salones. Cuando los gobiernos sirven para construir aspiraciones. Cuando los grupos sustituyen a la institución. Cuando el silencio se premia y la crítica se castiga.

Antes de exigir unidad, debemos practicar reciprocidad.

Antes de pedir respaldo, debemos aprender a respaldar.

Antes de reclamar espacios, debemos demostrar trabajo.

Antes de buscar culpables, debemos rendir cuentas.

Antes de hablar de valores, debemos vivirlos.

Esta carta no se escribe contra Acción Nacional. Se escribe porque todavía importa.

Pero querer al PAN no significa justificarlo todo. Significa hablar con claridad, reconocer responsabilidades y corregir antes de que sea demasiado tarde.

Dejemos de culpar siempre a los demás.

Dejemos de utilizar la militancia como una membresía de Costco.

Dejemos de destruir al partido mientras afirmamos que queremos salvarlo.

La verdad más incómoda es también la más necesaria.

El problema está en las dirigencias, en los gobiernos, en los funcionarios, en los representantes, en los aspirantes, en los grupos, en los disidentes y en la militancia.

El problema también somos nosotros”

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