En el marco del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, Entre Líneas aborda el fenómeno desde una perspectiva distinta: no solamente desde las cifras, las estadísticas o los diagnósticos clínicos, sino desde las condiciones sociales, culturales y humanas que rodean a quien atraviesa una crisis.
Francisco Javier Ramírez Ontiveros, antropólogo social y entrenador de boxeo en el gimnasio Palestina en la ciudad de Chihuahua, en la siguiente entrevista, analiza el suicidio desde una mirada humanista y social. Su experiencia de trabajo con jóvenes e infancias lo ha acercado al estudio de la salud mental y a cuestionar la manera en que la sociedad interpreta, estigmatiza y enfrenta este fenómeno.

¿Qué puede decir la Antropología Social sobre el fenómeno del suicidio? —Desde la antropología, por antonomasia, Émile Durkheim se avienta un tratado y lo ve como un fenómeno social. Él propone la idea del suicidio como un fenómeno social, más allá de un acto aislado o de una acción individual de tomar por cuenta propia la vida. A partir de ahí se plantean circunstancias y factores culturales alrededor de esa acción. El problema es que muchas investigaciones siempre están en función de los factores que nos llevan al suicidio: qué lo causa, por qué sucede, por qué se da, pero no tanto cómo se conceptualiza.
No se trata solamente de decir: “es una muerte y ya”. Existe todo un entorno y un imaginario alrededor del suicidio, y precisamente eso es lo que debemos estudiar.
¿Cómo influyen la cultura, la familia y el entorno social en una persona que atraviesa una crisis? —Influyen de diversas maneras. Yo he trabajado con gente que tuvo algún familiar que consumó un suicidio y creo que la primera afectación es un cambio de perspectiva. Aquí en Chihuahua tenemos un imaginario colectivo de que esto no pasa, que no existe, o bien estigmatizamos a las personas que atraviesan una crisis. Decimos: “es una persona débil”, “es una persona enferma”, “es un loquito”.
A nivel sociedad se construye un discurso. Por un lado está el discurso médico, que muchas veces lo relaciona con enfermedades o patologías psicológicas. Pero no siempre viene de una afección psicológica. Muchas veces existen factores externos que detonan la crisis y confluyen para que una persona tome la decisión de quitarse la vida. También existe el discurso religioso, que puede ser todavía más estigmatizante. Todo eso termina construyendo un imaginario alrededor del suicidio.
¿El suicidio debe entenderse únicamente como un problema individual o como un fenómeno social? —Genuinamente es un fenómeno social. No podemos hablar solamente de un fenómeno individual, menos en una ciudad y en un estado donde el problema ha tenido una presencia importante. La muerte es algo por lo que todos vamos a pasar eventualmente. Por lo tanto, una muerte por suicidio no puede ser algo que sucede en condiciones aisladas: es un hecho social digno de ser estudiado.
No necesariamente para saber quién lo va a hacer, porque no podemos adivinarlo, pero sí para conocer el fenómeno y saber desde dónde podemos dar atención, contención e incluso a las personas y familias que quedan después de un suicidio.
¿Qué factores sociales pueden aumentar la vulnerabilidad de una persona? —Hay una infinidad y no podemos reducirlo a una sola causa. Uno de los factores que más me ha llamado la atención es el machismo, porque genera violencias que pueden llevar a situaciones muy complejas. En los hombres, cuando alguien no se siente parte del imaginario de lo que debe ser un hombre, puede comenzar a cuestionarse su identidad y generar una ruptura.
En las mujeres también existe una relación con las violencias. Muchas veces, más allá de las violencias que conocemos, puede existir una sensación de “si no puedo vivir en paz, a lo mejor no vivo”. También están las condiciones económicas, políticas y laborales. Las jornadas laborales que supuestamente son de ocho horas, pero que terminan siendo de 12 o 14 por cuestiones de transporte, porque el sueldo no alcanza o porque hay que tener otro trabajo. Todo eso puede generar una afección a la salud mental.
¿Existe una relación entre las condiciones laborales, económicas y familiares y el suicidio? —Sí. Muchas personas trabajan en maquilas y papá y mamá pasan gran cantidad de tiempo fuera de casa. No quiero fiscalizar la maternidad o la paternidad, porque muchas familias están viviendo situaciones muy pesadas. Pero debemos preguntarnos a qué riesgos están expuestos los niños y las niñas que tienen que criarse prácticamente solos porque sus padres trabajan.
Cuando un adolescente llega a suicidarse, lo primero que hacemos es preguntar: “¿Dónde estaban su papá y su mamá?”. Como si todos tuviéramos las mismas oportunidades de estar con nuestra familia. La realidad es que el sistema y las condiciones económicas influyen. La incertidumbre laboral también pesa: contratos temporales, no saber si mañana vas a tener trabajo. Todo eso forma parte del contexto social.
¿Qué papel juega la soledad y la falta de redes de apoyo? —Son fundamentales. Muchas veces me dicen: “son personas que nada más quieren llamar la atención”, y me lo dicen con un sentido peyorativo.
Y yo les digo: sí, quieren llamar la atención, pero no en la forma en que ustedes piensan. Es una señal de “ayúdame, porque yo no estoy pudiendo”. Se nos ha enseñado a no externar, a no expresar, a que tienes que ser fuerte, a que tienes que ser rudo porque “la vida es ruda”.
Por eso sí deben existir redes de apoyo, pero no solamente cuando una persona está en crisis. Deben existir desde la dignificación de la vida.
¿Qué significa dignificar la vida? —Dignificar condiciones laborales, el sistema de transporte, la seguridad y la diversidad. Las redes de apoyo deben construirse desde ahí. No podemos pensar que el suicidio se previene únicamente cuando una persona está en una crisis. Hay conductas autodestructivas, aislamiento y muchos otros factores que se van acumulando.
Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo antes de que una persona llegue a ese punto.
¿Qué características sociales de Chihuahua podrían estar influyendo en esta problemática? —La primera tiene que ver con el sistema, no solamente con el estilo de vida, porque el estilo de vida muchas veces ni siquiera lo elegimos.
La cuestión económica y laboral es uno de los principales factores. Y lo económico no solamente afecta lo económico. Es un efecto de bola de nieve. Termina afectando cuestiones de adicciones, violencia, soledad, aislamiento y posibilidades de socializar.
Las cuestiones de género son primordiales y también las cuestiones identitarias. Cuando una persona busca pertenecer y constantemente recibe críticas, burlas o violencia por ser quien es, puede comenzar a sentir desapego. Y muchas veces no es solamente desapego por la vida, sino desapego por la sociedad a la que pertenece.
¿Crees que como sociedad estamos perdiendo la capacidad de detectar cuando alguien necesita ayuda? —Sí. Hemos perdido esa capacidad porque el individualismo nos hizo pensar que nuestros problemas propios son los peores. Nos repetimos: “la vida es dura y yo soy duro, yo aguanto”. Entonces pensamos que quien se suicida es alguien que no pudo aguantar.
Si ese muchacho o esa muchacha está en una crisis, pensamos: “está así porque quiere”. Hemos perdido la capacidad de detectar y de empatizar. Quizá para mí no es lo peor, pero para esa persona, en ese momento, sí puede serlo.
¿Qué hace falta desde las instituciones gubernamentales? —Hace falta que se acerquen entre sí y que se acerquen a las personas que saben. Creo que cada institución quiere decir desde su propia trinchera: “yo lo hice”.
Ese protagonismo institucional termina opacando lo que realmente se podría hacer. Debe existir una comunicación real entre instituciones y especialistas. Hay psiquiatras, psicólogos y personal especializado que tiene mucho que aportar. No podemos dejar todo solamente en manos de una institución. También hace falta que la sociedad tenga interés y que exista divulgación sobre el tema.
¿Qué responsabilidad tenemos como comunidad? —Si pertenecemos a una sociedad y hay un fenómeno social que nos atañe, tenemos que tomar un papel activo. No podemos esperar que las instituciones resuelvan todo. También nosotros podemos hacer algo. Tenemos que tomar en serio nuestra salud mental. No puede convertirse solamente en una certificación o en una actividad de diez minutos para los trabajadores.
Realmente hay que interesarse por la salud mental. Eso significa interesarse por las condiciones económicas y laborales, organizarnos como sociedad y generar cohesión para identificar cuando alguien necesita ayuda.
¿Qué papel pueden jugar el arte y el deporte? —Yo siempre he pensado que el arte y el deporte son fundamentales. No solamente en el sentido de practicar una actividad, sino porque ahí puedes expresar y externar cosas que están sucediendo. Hay que volver a ocupar las plazas y los espacios para bailar, cantar, crear, practicar deporte y convivir. Esos espacios también construyen comunidad.
Tú eres entrenador de box. ¿Has vivido alguna experiencia que te haya hecho dimensionar el papel que puede tener un espacio como ese en la salud mental? —Podría pensar en infinidad de casos. Tengo el caso de un muchacho de 13 años con problemas de depresión, aislamiento y ansiedad. Encontró un espacio donde se siente feliz, a gusto, escuchado y parte de algo.
Ahí hizo amigos y amigas. Siempre he fomentado eso en el boxeo: no solamente subir al ring y recibir golpes. Arriba del ring uno está solo, pero abajo somos todos. Su mamá me comentó que él estaba muy deprimido. Se notaba. Y después empezó a expresar que ahí era donde se sentía feliz. Y eso también es una alerta: si aquí se siente feliz, quiere decir que quizá en otros aspectos de su vida no lo está.
Que exista un espacio donde pueda sentirse escuchado, aceptado y valorado, sin tener que cumplir expectativas de nadie, ya significa que hicimos algo.
¿Y qué ocurrió con la adolescente que mencionabas? —Ella tenía problemas de autopercepción. Esas ideas que muchas veces les metemos a las niñas: “tú debes ser delgadita”, “eres una princesa”, “eres frágil”, “eres delicada”, “no puedes boxear porque eres una princesa”. Tenía problemas con la percepción de su peso y había empezado a dejar de comer.
Cuando llegó al boxeo descubrió que podía tener una red de apoyo. Que podía convivir con niños y niñas y que no tenía que comportarse como una princesa delicada. Cuando llegó pensé que iba a durar una semana. Venía porque iba su hermano. Al final, el hermano dejó de ir y ella se quedó. Ahora es de las primeras que dicen: “Profe, yo me subo”. No sé si el boxeo evitó un suicidio. No me voy a quedar a descubrirlo. Pero sí sé que había una situación de salud mental y que ahora existe un espacio donde puede bajar los decibeles de lo que está sintiendo. Eso para mí también es prevención real.
Finalmente, si pudieras cambiar algo para enfrentar el suicidio desde una perspectiva social, ¿Qué cambiarías? —No podría cambiar solamente una cosa. Hay muchas cosas que tendrían que cambiar, pero la principal sería nuestra percepción sobre la muerte. Tenemos muy estigmatizada la muerte como algo absolutamente negativo. Debemos entender primero que la muerte es un proceso natural por el que todos vamos a pasar eventualmente. Eso no significa normalizar el suicidio, sino dejar de convertirlo en un tema del que no podemos hablar.
También tenemos que hablar de la violencia sistémica que se vive en Chihuahua: incertidumbre laboral, incertidumbre económica, deterioro de la identidad, violencia, machismo y las situaciones de riesgo que enfrentan niños, niñas, hombres y mujeres en este afán de pertenecer y de ser. Tenemos que preguntarnos qué hacemos y qué dejamos de hacer individualmente que puede afectar a quien está enseguida de nosotros. Y después trasladar esa reflexión a las instituciones.
No puedo adivinar quién se va a suicidar y quién no. No puedo asumir que cualquier persona con depresión va a suicidarse, ni que cualquier persona con ansiedad necesariamente llegará a ese punto. Por eso debemos abarcar cuestiones que pensamos que no tienen relación con el suicidio, pero que sí forman parte de las condiciones en las que las personas viven. Tenemos que enfocarnos más en el arte, en el deporte y en la educación. Tenemos que humanizar las instituciones y humanizar la educación.
No se trata solamente de sacar trabajadores y trabajadoras de las escuelas. Se trata de formar seres humanos capaces de tener criterio, empatía y buen juicio frente a lo que está sucediendo.
Al final, concluyo la entrevista: si queremos hablar realmente de prevención, tenemos que dejar de preguntarnos solamente quién se suicida y comenzar a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo para que una persona llegue a sentir que ya no pertenece a ella.










