La inteligencia artificial puede predecir la congestión con horas de anticipación. La pregunta es por qué seguimos perdiendo 111 horas al año en una calle.
Salvador Acevedo Ortega, M.A.R.H. | Docente de la Universidad Autónoma de Chihuahua en las facultades de Economía Internacional e Ingeniería | Colaboración para el Consejo Coordinador Empresarial, CCE Chihuahua
La jornada de ocho horas nunca fue de ocho para quien necesita cruzar una ciudad. Antes de marcar entrada hubo tiempo consumido: esperar, conducir, permanecer inmóvil. Después de marcar salida, la ciudad cobra de nuevo.
El Costo del Tráfico 2026 documentó 203 mil millones de pesos perdidos por congestión en 44 zonas metropolitanas: 111 horas anuales por persona. Cuatro días del sueño, la familia, el estudio. Cinco mil 645 pesos que nadie aprobó.
Un impuesto sin nombre.
Llamar al tráfico un impuesto no es metáfora. El visible puede debatirse e impugnarse. El invisible se normaliza como el precio de crecer. La cifra excluye emisiones y accidentes. Es el piso, no el techo.
El impuesto tampoco se cobra igual. El transporte público —40 por ciento de los usuarios— concentra el 57 por ciento de las horas perdidas: 140 horas y siete mil 294 pesos al año, frente a 94 horas y cuatro mil 811 del automovilista. Quien menos puede comprar velocidad paga más con tiempo.
Dos personas pueden ganar lo mismo y tener bienestar muy distinto si una dispone de dos horas diarias adicionales para sí misma.
La IA que optimiza la fila en lugar de eliminarla.
Los sistemas de IA desplegados en movilidad ya pueden predecir saturaciones con horas de anticipación y optimizar rutas para millones de vehículos. Esa capacidad existe. Lo que merece examinarse es el objetivo que está optimizando.
Un sistema de navegación privado optimiza el tiempo de cada usuario, no el del sistema. Redistribuir el tráfico hacia calles residenciales beneficia a algunos a costa de muchos. Una ciudad donde la IA opera solo con objetivos privados puede acabar con flujos más eficientes para quienes pagan, no con menos tráfico para todos.
Chihuahua y la pregunta que antecede al asfalto.
Chihuahua invirtió más de 350 millones en pasos superiores. El beneficio es real. Ignorar que más capacidad atrae viajes que erosionan ese beneficio sería igual de simplista. El CODECH propuso horarios escalonados y servicios a menos de 20 minutos. En nueve meses la capital registró ocho mil 257 accidentes y 26 fallecidos. El tráfico distribuye riesgo, no solo tiempo.
Tres decisiones para el empresario chihuahuense.
1.. Mida el tiempo como costo real. Calcule las horas que su equipo pierde en traslados y asígneles un valor económico. Ese tiempo es parte de su estructura de costos, aunque no aparezca en ninguna nómina.
2.. Implemente trabajo remoto donde la operación lo permita. McKinsey estima que hasta 25 por ciento de la fuerza laboral puede trabajar remotamente sin pérdida productiva. Cada día que su equipo no cruza la ciudad es tiempo que regresa al negocio y a quien trabaja para usted.
3.. Exija movilidad inteligente como condición de competitividad. La infraestructura vial importa, y también importa la pregunta que la antecede. Llévela a los foros del CCE y a la conversación con gobierno. Una ciudad que distribuye mal sus funciones cobra un impuesto invisible en productividad y talento.
La mejor ciudad no es la que permite más kilómetros por hora. Es la que permite vivir bien recorriendo menos. Lo que falta es decidir que el objetivo no es cuántos vehículos circulan, sino cuánto tiempo le queda a cada persona después de llegar a donde necesitaba ir.










