Detrás de cada uniforme y de cada placa hay una historia personal, una vocación y una decisión que transforma la vida de quien elige dedicarla al servicio público. Hace 25 años, Julio César Salas González hizo el juramento de servir y proteger; un compromiso que, asegura, ha guiado cada etapa de su trayectoria dentro de la Dirección de Seguridad Pública Municipal (DSPM).
Con motivo del vigésimo quinto aniversario de su carrera policial, celebrado el pasado 16 de julio, el comisario abrió las puertas de su oficina a EntreLíneas para compartir una conversación que trasciende el cargo. En esta entrevista no habla únicamente el director de la corporación, sino el hombre detrás del uniforme: el policía que ha enfrentado pérdidas, aprendizajes, desafíos y decisiones que marcaron su formación.
Primer policía de carrera en encabezar la DSPM y responsable de una institución integrada por más de dos mil personas, entre policías, bomberos y personal administrativo, Salas González hace un balance de cinco años al frente de la corporación. Con gratitud hacia quienes fueron sus mentores y dieron la oportunidad de llegar hasta donde está ahora, con autocrítica sobre los errores que reconoce haber cometido y con la convicción de que cada experiencia ha fortalecido su liderazgo, revela también a Entre Líneas la aspiración que aún impulsa su carrera: convertirse en el próximo secretario de Seguridad Pública del Estado (SSPE).

Vocación que nació por accidente y terminó convirtiéndose en una forma de vida
¿Cómo nació su vocación por la policía? —La verdad es que no fue una vocación desde el principio. Yo crecí en la colonia Desarrollo Urbano, por la Oviedo Baca y 13. Era un muchacho de barrio; me la pasaba con mis amigos en las esquinas y lo que realmente me apasionaba era jugar básquetbol. Siempre pensé que algún día podría dedicarme profesionalmente a ese deporte.
Recuerdo que un amigo, que por cierto hoy ya no me habla porque soy el comisario, me dijo una vez: “¿Te imaginas arriba de una patrulla?”. Yo le respondí que jamás. Le decía que a mí me verían jugando básquetbol, pero nunca siendo policía. Sin embargo, en mi casa ya había presión. Mi abuela y mis tías veían que pasaba el tiempo y yo no estudiaba ni trabajaba. Un día mi abuela fue muy clara: “O estudias o trabajas, porque ya no podemos seguir manteniéndote”.
Fui a la academia únicamente para cumplir con ese compromiso. Incluso llené mal la solicitud; sinceramente no tenía intención de ingresar. Regresé a mi casa convencido de que no me aceptarían. Pero al día siguiente me llamaron para decirme que debía presentarme de inmediato porque ya había iniciado una generación. Así fue como entré a la corporación: sin vocación y sin el sueño de convertirme en policía.
Con el paso de los meses todo cambió. Cuando terminé la academia me enamoré de la profesión. Descubrí que ayudar a las personas era algo que me llenaba profundamente. Después, cuando tuve la oportunidad de convertirme en instructor de la academia, comprendí el verdadero significado de portar un uniforme. Ahí nació realmente mi vocación.
Si pudiera regresar 25 años atrás, ¿volvería a tomar la misma decisión? —Sí, sin ninguna duda. Hace muchos años mi respuesta habría sido distinta. Habría dicho que quería ser ingeniero, arquitecto o cualquier otra profesión. Hoy no.
Si pudiera volver a empezar, volvería a ser policía. Es más, cuando termine esta administración sé que llegará el momento de irme, porque así es el servicio público. Pero si alguien me dijera: “Regresa un último año a patrullar las calles”, lo haría con muchísimo gusto. Volvería a subirme a una patrulla sin pensarlo.
¿Quién fue la primera persona que creyó en usted cuando ingresó a la Dirección de Seguridad Pública Municipal? —Hubo dos personas fundamentales. La primera fue Roberto Meléndez, quien era jefe de instructores en la academia. Él vio algo en mí desde el inicio.
La segunda fue el jefe Cisneros, que en paz descanse. Durante mi trayectoria se convirtió en una figura determinante para mi formación. Ambos me ayudaron a encontrar el rumbo, a desarrollar criterio y a entender lo que significa ejercer el mando con responsabilidad. Mucho de lo que soy como comisario se lo debo a ellos.
¿A quién considera su principal mentor? —Sin dudarlo, al jefe Francisco Cisneros Prieto (DEP). Fue quien más influyó en mi manera de entender la función policial, el liderazgo y el compromiso con la corporación. Su ejemplo sigue acompañándome todos los días.

Primer patrullaje: una suspensión en su primer día cambió el rumbo de su carrera
¿Recuerda cuál fue el primer distrito al que fue asignado? —Mi primer patrullaje fue a bordo de una patrulla Tsuru estándar que funcionaba con un tanque de gas instalado en la parte trasera. Así trabajábamos en aquellos años. Mi primer servicio fue recorriendo la colonia San Jorge.
“Mi primer día fue muy desagradable”, recuerda. Al concluir el turno fue suspendido durante 15 días debido a un conflicto entre el conductor de la patrulla y un mando, situación en la que él terminó involucrado sin ser el responsable.
Tras cumplir la suspensión regresó a la corporación para cubrir distintos puntos de vigilancia. Fue entonces cuando Roberto Meléndez, jefe de instructores, le brindó una nueva oportunidad dentro de la institución.
—Primero me puso de velador cuidando a los cadetes; después me invitó a apoyarlo en el acondicionamiento físico, luego a aplicar exámenes de claves de radio, posteriormente en armamento y disciplina. Así se fueron dando las oportunidades dentro de la institución.
El primer enfrentamiento armado y el peso de haber utilizado su arma de fuego
¿Cuál fue el primer hecho de alto impacto o servicio que atendió durante sus primeros días como policía? —Uno de los hechos que más me marcó fue un enfrentamiento en el Cerro de la Cruz por un tema relacionado con el crimen organizado. Más adelante, ya como integrante de un grupo especial, me tocó utilizar mi arma de fuego contra personas que habían robado una gasolinera.
Años después, durante una evaluación para ratificar su cargo como comisario, me entero de que uno de los presuntos responsables había fallecido en el CERESO a consecuencia de las lesiones sufridas durante aquel enfrentamiento.
“Eso me impactó mucho porque yo no lo sabía. Aparecía ya registrado como un caso de privación de la vida. Lo he reflexionado y entiendo que fue un uso correcto de las armas. Si no actuábamos nosotros, probablemente habríamos perdido la vida”.
O sea, en aquel evento, ¿Hubo disparos y esa persona murió a consecuencia de las balas? —Sí, efectivamente perdió la vida.
¿Cómo ocurrió ese enfrentamiento? —Todo comenzó con el reporte de un Volkswagen Jetta azul de cuatro puertas en el que viajaban tres personas dedicadas al robo con violencia de gasolineras. Un día antes habían asaltado entre cinco y siete estaciones de servicio y al día siguiente continuaban cometiendo robos.
Habíamos recibido el reporte de que el vehículo se encontraba en una gasolinera. Al llegar observamos el automóvil con las luces apagadas y el despachador les hizo señas indicando que los ocupantes estaban armados y acababan de cometer otro robo. Le informé a mi jefe que el vehículo estaba frente a nosotros y comenzamos a seguirlo. Mi jefe se incorporó por delante mientras nosotros íbamos detrás. En ese momento, desde el interior del automóvil comenzaron a dispararle. Le pegamos para obligarlo a quedar de frente. Yo descendí disparando con mi arma de fuego y mi compañero hizo lo mismo. Ha sido uno de los eventos más relevantes de mi carrera y también uno de los que más frustración me dejó.
“Sentí frustración al ser consignado, pero después entendí que era el protocolo”
¿Qué ocurrió después de ese evento? —Después del enfrentamiento fui consignado ante la Fiscalía. Permanecí un día completo ahí mientras se realizaban todas las diligencias correspondientes por el uso de las armas de fuego.
¿Enojo e incomprensión? —Uno piensa: “¿Cómo es posible que, si estas personas estaban robando, iban armadas y le dispararon a mi jefe, ahora el consignado sea yo?”. Eso genera un sentimiento negativo hacia la institución y hacia los mandos.
Con el paso del tiempo, comprendí que ese procedimiento forma parte del protocolo legal que debe seguirse cada vez que un policía hace uso de su arma de cargo. Ya con la experiencia entiendes que no tiene nada que ver con que el director vaya a defenderte. Es simplemente el procedimiento que debe cumplirse para esclarecer los hechos.
Momentos que forjaron al policía
En 25 años de servicio, ¿Qué acontecimientos cambiaron su forma de entender la labor policial? —Hubo muchos eventos de tensión, pero hay dos que cambiaron por completo mi forma de ver la policía y de ejercer el mando.
El primero fue conocer al jefe Cisneros. Él había estado detenido por un tema de justicia y posteriormente tuvo la oportunidad de reincorporarse a la corporación. Lo conocí cuando era coordinador de Grupos Especiales y le aprendí muchísimo.
La frase que más recuerdo de él era: “Realiza acciones diferentes. No seas un mando como todos. Tienes una oportunidad muy grande; haz cosas diferentes, prepárate y estudia”.
Todos los días me buscaba. Me preguntaba dónde estaba y me hacía ir a su oficina. Muchas veces me regañaba, pero siempre terminaba siendo una lección de vida. Le tengo un gran aprecio porque influyó mucho en mi formación.
El otro momento que me cambió profundamente fue el fallecimiento de un compañero, el segundo Chacón, quien estaba encargado del área de pandillas. Ese hecho me hizo reflexionar sobre cómo quienes dedican su vida a hacer el bien también enfrentan situaciones muy difíciles. Ponerse el uniforme y salir a patrullar implica un gran sacrificio. La gente a veces se enoja con el trabajo policial y también existen muchas envidias dentro y fuera de la corporación, pero esos acontecimientos fueron los que más marcaron mi carrera.
¿Cuál ha sido el operativo o intervención que más lo marcó como policía y como ser humano? —Sin duda, la primera vez que tuve que utilizar mi arma de fuego. Ese episodio cambió mi forma de ver muchas cosas.
En 25 años de servicio han sido muy pocas las ocasiones en las que he tenido que disparar, quizá dos o tres veces. Es muy difícil que un policía llegue a utilizar su arma. Fue una experiencia que me marcó, aunque tampoco me arrepiento. Si en ese momento tenía que actuar de esa manera para proteger vidas, debía hacerlo.
La balacera en el Cerro de la Cruz es uno de los episodios más recordados de su carrera. ¿Qué recuerda de aquel día y qué enseñanza dejó? —La principal enseñanza fue entender que las cosas sí pasan y que nunca debes minimizar un reporte. Recuerdo que ya iba de salida para descansar cuando mi jefe me pidió revisar un reporte de disparos en el Cerro de la Cruz. Le respondí que normalmente ese tipo de llamadas resultaban ser fiestas escandalosas y que no valía la pena movilizar a todo el grupo. Le propuse acudir únicamente con dos unidades para verificar el reporte y, si no había novedad, dejar que el resto del convoy continuara a descansar.
Nuestra sorpresa fue que, al llegar al lugar y estacionar la camioneta, comenzamos a escuchar cómo las balas impactaban y zumbaban alrededor de las unidades. En ese momento solicitamos de inmediato el apoyo del resto del grupo y fue así como se desató toda la intervención.
Todos los compañeros actuaron con mucha valentía y profesionalismo durante aquel enfrentamiento.
Legado del jefe Cisneros y la transformación de una corporación desde el trato humano

¿En estos 25 años ha compartido la corporación con cientos de elementos. ¿Ha ganado más amigos que enemigos? —Cuando me dieron la oportunidad de ser comisario, a muchos no les cayó bien. Sabían que yo no iba a tomar dinero y que los abusos se iban a terminar. Había quienes estaban acostumbrados a esas prácticas y el inicio fue complicado.
Con el tiempo entendieron cuál era la visión: tratar bien al policía, verlo como persona, escucharlo. Antes había más policías arrestados que ciudadanos detenidos. A un elemento podían arrestarlo simplemente por no saludar a un mando en una carretera. Eran arrestos de 16, 24 o hasta 36 horas, según se le ocurriera al superior.
Imagínate cómo salía un policía después de eso: enojado, frustrado, desquitándose con el ciudadano. No existía una relación cercana con los mandos. Por eso, cuando llegué como comisario, di la primera instrucción de mi administración: se acabaron los arrestos.
¿Desde cuándo ocurrían esas prácticas? —Estamos hablando de hace seis o siete años; todavía sucedían cuando yo asumí como comisario hace cinco años. Pasó durante administraciones anteriores. No quiere decir que no hayan sido buenos líderes, simplemente mi visión de la policía es distinta.
A mí me tocó ser subdirector del área táctica y siempre procuré que no arrestaran a los muchachos. Creo que hay otras formas de corregir. Incluso desde que inicié mi carrera sufrí una suspensión injusta de 15 días, simplemente porque le caías mal a alguien. Desde entonces entendí que había muchas injusticias y comenzamos a cambiar esa cultura dentro de Seguridad Pública.
¿Cómo trabaja Julio Salas con sus emociones frente a las críticas de esos enemigos en casa? —He aprendido a desarrollar inteligencia emocional. No puedes claudicar por cuatro o cinco personas cuando la vida te da oportunidades. Siempre habrá molestias, sobre todo cuando alguien asciende desde las filas. De mil 400 policías eligieron a uno; si dos directores confiaron en mí para ese cargo, es porque algo estoy haciendo bien.
También hay quienes se van resentidos porque no hicieron bien su trabajo. Las oportunidades las tuvieron, incluso iniciaron antes que yo, pero nunca llegaron a una jefatura. Creo que eso también dice algo.
He aprendido a guardar silencio, analizar antes de responder, aceptar las críticas y reconocer cuando algo no sale bien. Nunca he tenido problema en decir públicamente cuándo aumentan los robos o cuándo las cifras no son las que esperamos. No me interesa esconder los números; me interesa resolver. Además, esto no depende solamente de Julio Salas. Tengo un equipo fuerte de trabajo; sin ellos estaríamos hablando de una realidad muy distinta.
¿Quién es su espíritu guía? —Mira, el día que cumplí 25 años como policía me enviaron una reseña sobre el jefe Cisneros. Me dijeron: “Cisneros te está viendo y estaría orgulloso de ti”.
Yo sigo viendo al jefe Cisneros. Lo veo en fotografías, pero también en la forma de hacer las cosas. Él es quien me impulsa a seguir haciendo algo diferente. Después de cumplir 25 años pensé que ya había terminado mi ciclo, que ya había cumplido y que podía irme tranquilo. Pero recordé algo que siempre me decía: “No dejes nada a medias. Cierra la administración y vete por la puerta de enfrente, igual que como entraste”.
También me repetía que no me diera el “mal de Peter Pan”, que no me quedara estancado en una silla. Siempre insistía: “Haz cosas diferentes, canijo”.
Me regañaba todos los días, literalmente todos los días. Pero hoy le agradezco cada uno de esos regaños. Es la persona que más extraño.
¿Cómo enfrentó la pérdida del jefe Cisneros? —Ese día me habló para decirme que ya necesitaba que pasara por él porque se le hacía tarde para la guardia. Yo estaba en mi casa y le respondí que enseguida iba.
Entonces me dijo: “No, no vengas. Quédate descansando con tu familia. Si te necesito, te hablo”.
Yo siempre tenía listo un Nissan Sentra afuera de mi casa para salir en cuanto él me llamara.
Cuando salió de su domicilio lo ejecutaron. Me avisaron por teléfono y salí de inmediato. Al llegar lo vi ya sin vida.
No pude contenerme. Me solté llorando. Estaba muy enojado. Siempre he pensado que, si yo hubiera estado con él, quizá las cosas habrían sido diferentes. No digo que lo hubiera salvado, pero al menos la situación habría sido distinta.
Durante mucho tiempo me frustré. Yo era el encargado de Grupos Especiales y, en lugar de concentrarme en investigar quién había sido responsable, me consumió el duelo.
“Siento que pude haber hecho más, pero así ocurrieron las cosas. Esa pérdida marcó profundamente mi vida y mi carrera”.
Liderazgo: “Servir y proteger, dar la vida por alguien que ni siquiera conoces”
¿Cuál ha sido el reto más grande que ha enfrentado al dirigir la Policía Municipal de Chihuahua? —Las personas. Manejar una corporación de más de 2 mil personas ha sido muy complejo. Antes se hablaba de mil 400 policías; ahora también debo coordinar a los bomberos y al personal administrativo. Trabajar con la gente es, sin duda, el mayor reto.
Hace poco un compañero vino a saludarme y me dijo: “Nunca le vas a dar gusto a todos, así somos los policías”. Me contó que todavía hay quienes dicen que era mejor regresar a las antiguas patrullas Ranger estándar. Imagínate esa mentalidad. Con los uniformes pasó igual. Les dije que ellos mismos escogieran el uniforme que querían. Lo eligieron y después algunos dijeron que no les gustaba porque el comisario los había impuesto. Entonces les mostré las firmas de todos donde aceptaban esa decisión. He tenido que dejar todo documentado.
También hubo una persona que me dio un consejo que nunca olvido: “Nadie te va a agradecer todo lo que hagas. Hazlo porque tú quieres hacerlo. El día que te vayas, entonces van a valorar lo que hiciste”. Yo creo que estamos haciendo un esfuerzo muy importante por los muchachos.
¿Qué significa realmente “servir y proteger” después de 25 años de carrera? —Significa dar la vida. Aguantar todo por alguien que ni siquiera conoces. Cuando reviso las cámaras de las patrullas y veo las persecuciones, observo cómo los policías arriesgan todo para recuperar un vehículo que quizá vale 10 o 15 mil pesos, pero que para el ciudadano representa el esfuerzo de toda una vida.
No importa si el vehículo cuesta poco o si es uno de más de un millón de pesos; la atención del policía es exactamente la misma. Lo único que busca es detener al responsable y devolverle el patrimonio a la víctima. Ese compromiso está muy arraigado en toda la corporación.
¿Cuál considera que ha sido su mayor acierto y cuál su mayor error como mando policial? —Mi mayor acierto fue eliminar los arrestos administrativos y comenzar a tratar a los policías como personas. Recuerdo muy bien una reunión antes del operativo del Buen Fin. Reuní a mi gabinete y les dije que todos los policías ya habían recibido su aguinaldo, así que ese mismo día los mandos debían permitir que salieran a hacer sus compras navideñas. Un mando me pidió que reconsiderara la orden porque, según él, se llenarían de quejas y de críticas en los medios.
Le respondí: “¿No te das cuenta de que estamos maltratando a los policías? Siempre los dejamos comprar hasta que termina el Buen Fin y ya no encuentran ofertas. También son personas y tienen familia”.
Se hizo el cambio. Los policías salieron uniformados a realizar sus compras durante el Buen Fin. – ¿Sabes cuántas quejas por abuso de autoridad o por robo tuvimos durante noviembre y diciembre? – Ni una. Eso me confirmó que cuando tratas bien al policía, él responde de la misma manera con la ciudadanía.
Mi mayor error fue no haber enfocado desde el inicio de mi administración el combate a los homicidios y al narcomenudeo. Si hubiera tomado esa decisión antes, hoy estaría hablando de cifras históricas aún mejores. Me arrepiento de no haberlo hecho desde el primer día, porque estoy convencido de que habríamos salvado más vidas.
Nuevas generaciones: La combinación de experiencia y juventud que fortalece a la DSPM
¿Cómo ve a las nuevas generaciones que hoy ingresan a la Policía? —La verdad estoy muy contento con los nuevos elementos. Claro que han cometido errores propios de la inmadurez, pero han venido a darle equilibrio a la corporación. Son jóvenes con nuevas ideas, preparados, capacitados y con estudios. No estoy diciendo que los compañeros de mayor antigüedad no lo estén, porque yo también soy parte de esa generación, pero la combinación de experiencia con juventud hizo que la Policía madurara mucho más.
¿Comparando la inmadurez que existía antes con la de ahora, sí ha habido un cambio? —Sí, claro. Ha sido un cambio enorme. Los jóvenes ya llegan con un dominio natural de la tecnología, por lo que ya no batallamos en ese aspecto. Además, muchos cuentan con licenciaturas e incluso maestrías, y ese nivel académico ayuda a cometer menos errores en el trabajo operativo.
Creo que fue un gran acierto incorporar a muchachos de 19, 20 y 22 años para relevar a los compañeros que se retiraron tras cumplir 25 o 30 años de servicio. Esa nueva generación vino a complementar la experiencia de quienes permanecen en la corporación y le dio un nuevo impulso a la operación policial.
¿Qué cualidades considera indispensables para un buen policía en la actualidad? —La honestidad es la principal. Es una cualidad indispensable para cualquier servidor público. También se necesita valentía y compromiso con la institución y con la ciudadanía. Esos valores son fundamentales para desempeñar esta profesión.
¿Qué consejo les daría a quienes apenas comienzan esta carrera? —A los compañeros y compañeras que recién ingresan les diría que sean muy persistentes en sus metas. Todo es alcanzable. Pueden llegar a ser directores o desempeñar cualquier responsabilidad dentro de la corporación, siempre que actúen con honestidad, valentía y compromiso.
También les recomendaría escuchar a sus mandos y estar abiertos a los consejos. Siempre se aprende algo de las personas que tienen más experiencia, y esa disposición para aprender puede hacer una gran diferencia en su carrera.

Mujeres, transformación de liderazgo en la Policía Municipal
¿Durante su trayectoria ha visto crecer la participación de las mujeres en la Policía Municipal. ¿Cómo ha evolucionado ese cambio? —Con decirte que hoy hay una coordinadora que está al frente de casi 150 policías. Actualmente tengo dos coordinadoras en la ciudad: una en el Distrito Sur y otra en el Distrito Norte. También hay jefas de servicio y coordinadoras de grupos especiales.
Yo creo que el tema de las oportunidades ha sido una prioridad en esta administración. Nuestro alcalde, Marco Bonilla, ha impulsado precisamente que se reconozca la capacidad de las mujeres. Para quienes todavía duden de que pueden dirigir una corporación, están muy equivocados. Lo digo con conocimiento de causa, porque el gabinete que me asesora está integrado por siete mujeres. Ellas son parte fundamental en la toma de decisiones y eso envía un mensaje muy importante. La verdad, estoy muy contento con ese avance.
¿Considera que las mujeres han demostrado que pueden desempeñar cualquier responsabilidad dentro de la corporación, rompiendo estereotipos y el machismo que durante años predominó en las instituciones policiales?
—Claro, por supuesto. Aunque también debo decir que el machismo no se termina de un día para otro. Es un tema que todavía existe y que seguirá presente, incluso en acciones que muchas veces nosotros, los hombres, realizamos de manera inconsciente. Sin embargo, las mujeres han demostrado con resultados que tienen la capacidad para asumir cualquier responsabilidad dentro de la corporación. Hoy ocupan cargos de mando, toman decisiones y lideran equipos, dejando claro que el talento y la capacidad no tienen género.
Una vida entregada al uniforme y un sueño por perseguir
¿Qué sacrificios personales le ha costado portar el uniforme durante estos 25 años? —Han sido muchos sacrificios: vacaciones, tiempo con la familia y momentos con los seres queridos. La verdad, ha sido un sacrificio enorme, no solamente para mí, sino para todos los que formamos parte de esta corporación.
Ya al cumplir estos 25 años, en mi casa me dijeron: “Ya deja esto. Ya tienes tu seguro, tu pensión, tu servicio médico. Ya párale y déjanos también estar en paz”, porque ellos también ven las publicaciones, las noticias y viven con esa preocupación.
Yo les respondí: “¿Me van a apoyar o no?”. Me preguntaron: “¿Qué quieres hacer? ¿Quieres seguir?”. Les dije que sí, que quiero seguir adelante y que mi objetivo es ser el siguiente secretario de Seguridad Pública del Estado.
Obviamente terminaron llorando, pero no solamente por la preocupación, sino también porque me ven con ganas de seguir creciendo. Es la primera vez que declaro públicamente que quiero ser el siguiente secretario.
¿Cuál ha sido el momento más difícil de su carrera y cuál el que más satisfacción le ha dado?
—Han sido muchos acontecimientos los que han marcado mi carrera, pero sin lugar a dudas, lo más difícil ha sido entender que aquí dejas la vida. Esta corporación es mi casa; aquí festejas, aquí te enojas, aquí lloras y aquí vives prácticamente todo. Pensar en dejar esta responsabilidad sería como abandonar una casa. Es un proceso muy complicado, porque este lugar se convierte en parte de tu vida. Incluso, aunque a los policías nos corresponden vacaciones, yo tengo muchos años sin tomarlas. Esa ha sido parte de la entrega que exige esta profesión.
¿Existe alguna historia de un ciudadano al que ayudó que nunca haya podido olvidar? —Hay muchas escenas que se quedan grabadas. Una de ellas fue la del dependiente de una gasolinera, pero más allá de los hechos relacionados con armas de fuego, lo que más me marca son los operativos de 24 horas en tú colonia.
Ahí encuentras a personas que tienen la esperanza de que llegue el comisario y pueda ayudarles a resolver sus problemas. Cuando ves a la gente a los ojos y les dices: “Yo le ayudo”, adquieres un compromiso que tienes que cumplir.
Lo más satisfactorio llega cuando, semanas o meses después, regresas a esa colonia y te vuelves a encontrar con esas personas. La forma en que te agradecen sinceramente es algo muy especial. Para mí, ese contacto con el ciudadano es lo más importante y lo que más satisfacción me deja como policía.
Lo dicen las cartas: un nuevo reto, el mismo compromiso
¿Qué sigue para Julio César Salas González? ¿Piensa continuar al frente de la corporación o considera que se acerca el momento de cerrar este ciclo? —Sigo de pie. Quiero ser el próximo secretario de Seguridad Pública del Estado en 2027. Ese es el siguiente objetivo que me he trazado.
Cuando llegue el día de dejar el uniforme, ¿cómo le gustaría que lo recordaran sus compañeros y la ciudadanía? —Como un compañero y director honesto, comprometido, que trabajó por dignificar a los policías y que eliminó los arrestos innecesarios dentro de la corporación.
Si pudiera resumir en una sola frase lo que significa ser policía, ¿Cuál sería? —Sacrificio.
Después de 25 años de servicio, ¿Qué le ha enseñado la vida que ningún curso de policía podría haberle enseñado? —Me ha enseñado a tomar decisiones y a emprender acciones que antes jamás me hubiera atrevido a hacer. Por ejemplo, nunca pensé en tener un negocio propio ni en estudiar una maestría en Administración. Este puesto me dio la capacidad de crecer, no solamente como servidor público, sino también como persona.
¿Miedo? —Sí claro, la muerte, porque significaría dejar a mi familia.
¿Con qué frase cierra esta entrevista? —“Jale mata grilla”.











