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“Si me pongo triste, me acabo”: Roberto, el panadero que aprendió a sobrevivir al dolor

A sus casi 80 años, Roberto Nevárez Hermosillo conserva una sonrisa amable, la disposición para conversar y unas piernas que todavía lo llevan caminando desde su trabajo hasta su casa, al sur de Chihuahua. Su mano derecha tiene una discapacidad y la vista comienza a fallarle, pero ninguna de estas condiciones ha conseguido detenerlo. Todos los días permanece de pie en el estacionamiento de un supermercado, donde trabaja para llevar unas cuantas monedas a su hogar. No tiene días de descanso porque, para él, dejar de trabajar significa dejar de llevar el sustento a casa.

Don Roberto, o “Beto”, como lo conocen sus amigos, nació el 23 de septiembre de 1947 en un rancho de Talamantes de Allende, muy cerca de la región de Parral. A los 10 años llegó con su familia a Jiménez, donde aprendió el oficio de panadero junto a su hermano mayor. Durante 60 años trabajó entre harina, masa y hornos, hasta que decidió cerrar ese capítulo de su vida. Sin embargo, el destino le tenía reservadas otras pruebas: perdió a dos de sus hijas pequeñas, a varios familiares y, el año pasado, a su hijo Roberto, conocido cariñosamente como “Junior”, quien murió tras recibir un disparo en la cabeza. Su esposa presenció la tragedia y, semanas después, también falleció.

Don Beto recuerda aquella pérdida con dolor, pero se aferra a una convicción que repite como una lección aprendida a fuerza de golpes: “Así es la ley de la vida”.

Hoy, mientras la gente entra y sale del supermercado, él permanece atento a los vehículos que llegan al estacionamiento. Desde las 10 de la mañana puede pasar horas esperando una buena jornada. Hay días en que consigue reunir 300 pesos; otros, como el que relata durante la entrevista con Entre Líneas, no ha logrado juntar ni 100. Después de cumplir con su turno, todavía le espera el camino a casa, por la avenida Nueva España, donde señala que los semáforos no funcionan. Camina porque sus piernas aún se lo permiten y porque tiene una razón para seguir adelante: su hija y sus nietos, quienes todavía lo necesitan.

Una vida entre el trabajo y pérdidas

—¿Quién es Roberto Nevárez Hermosillo y de dónde viene?

—Yo me llamo Roberto Nevárez Hermosillo. Nací el 23 de septiembre de 1947, en Talamantes de Allende, allá por el rumbo de Parral. Voy a cumplir 80 años. De mi familia éramos seis hermanos, pero varios ya fallecieron. Ahorita quedamos mi hermana Luz María, mi hermano Antonio y yo.

—¿Cómo comenzó su vida laboral?

—A mí me llevaron de Talamantes de Allende a Jiménez cuando tenía 10 años. Mi hermano mayor era panadero y yo aprendí de él. Yo era un niñito y, a pesar de mi discapacidad en esta mano, no tuve límites. Aprendí mucho de mi hermano. Duré hasta los 65 años trabajando de panadero; yo le sé a todo lo que hay ahí, a todo lo de la panadería. Fueron muchos años de trabajo.

—¿Qué significó para usted dedicarse a la panadería durante tanto tiempo?

—Yo empecé desde muy chico y me acostumbré a trabajar. A veces ni me sentaba para comer. Siempre andaba trabajando. Con eso mantuve a mi madre y ayudé a mi familia. Fueron muchos años, desde los 10 hasta los 65. Después ya no quería saber nada de la panadería; ya había trabajado bastante.

—¿Cómo llegó a trabajar en este estacionamiento?

—Yo venía con mi nieto a hacer el mandado y me sentaba aquí afuera. Veía cómo trabajaban los muchachos y un día le dije al que me contrató que yo quería hacer ese trabajo. Me dijo que necesitaba un chaleco y una cachucha, y yo le dije que sí podía. Gracias a Dios me dieron la oportunidad y aquí estoy.

—¿Cómo es ganarse la vida a su edad?

—Hay días buenos y días malos. Pero siempre hay que dar gracias por estar vivos. Cuando me va muy bien, saco unos 300 pesos, pero hay días en que no llevo ni 100. Yo llego desde las 10 de la mañana y me quedo. No tengo días de descanso porque lo que sale de aquí es lo que tengo para llevar a casa. Estoy acostumbrado a trabajar, no me gusta estar sentado sin hacer nada.

—¿Qué tan difícil es continuar trabajando cuando la vista comienza a fallarle y tiene una discapacidad en la mano?

—Pues aquí estoy, gracias a Dios. Yo puedo caminar y todavía tengo fuerzas en las piernas. Me dicen que por qué no me siento, pero yo estoy acostumbrado a andar trabajando. Desde niño aprendí a trabajar así. Mientras pueda, voy a seguir.

—Usted ha vivido pérdidas muy dolorosas. ¿Cómo ha enfrentado la muerte de sus seres queridos?

—Se me murieron dos niñas, perdí a mis padres, a mis hermanos y el año pasado a mi “Junior” y a mi señora. Mi hijo murió por una bala perdida. Lo habían desaparecido por un momento y, cuando regresó, le tocó esa bala en la cabeza. Mi señora fue quien lo vio caer. Yo estaba trabajando cuando pasó.

—Ella se desmayó cuando vio lo que le pasó a nuestro hijo. La internaron, pero desde entonces ya no quiso levantarse. A las semanas también falleció, de tristeza. Fue algo muy duro para mí.

—¿Qué recuerda de su hijo Roberto, a quien llamaba “Junior”?

—Era mi hijo, se llamaba igual que yo. Fue una pérdida muy grande. Uno nunca espera que le pase algo así a un hijo. Mi señora lo vio caer y eso le dolió muchísimo. Yo no estaba ahí porque andaba trabajando, pero después tuve que enfrentar todo lo que pasó.

—Después de todo lo que ha vivido, ¿qué hace cuando siente tristeza?

—Le voy a decir una cosa, sinceramente: yo nunca he estado triste, aunque sí me acuerdo de lo que ha pasado. Pero no me pongo así. Ya lo pasado, pasado. Si me pongo triste, me acabo. Yo sé que he vivido cosas muy difíciles, pero así es la ley de la vida.

—¿Qué lo mantiene de pie y con ganas de seguir trabajando?

—Mi hija y mis nietos me necesitan. Yo pienso en ellos. Si me quedo pensando en todo lo que me ha pasado, me acabo. Por eso trato de estar bien, de seguir trabajando y de salir adelante. Gracias a Dios todavía puedo caminar y hacer mis cosas.

—¿Qué significa para usted seguir caminando hasta su casa después de una jornada de trabajo?

—Pues es parte de la vida. Yo vivo por la avenida Nueva España y me voy caminando. Todavía puedo hacerlo, gracias a Dios. Mientras tenga fuerzas, voy a seguir.

—¿Qué le diría a las personas que están pasando por momentos difíciles?

—Que no se dejen caer. La vida sigue. A mí me han pasado muchas cosas, pero aquí sigo. Hay que pensar en los que nos necesitan y echarle ganas mientras Dios nos dé vida.

La dignidad de seguir adelante

Al terminar la conversación, don Beto vuelve a su sitio. Los automóviles continúan entrando y saliendo, algunos conductores le dan unas monedas y otros siguen su camino sin detenerse. Él permanece atento, con la paciencia de quien ha aprendido que cada peso cuenta y que una jornada nunca está asegurada.

Su mano derecha lleva la huella de una discapacidad; sus ojos ya no ven como antes y su historia está marcada por ausencias que ninguna palabra puede reparar. Aun así, camina, trabaja y sonríe. Cuando termina el día, todavía debe recorrer a pie el trayecto hasta su hogar, al sur de la ciudad, pensando en quienes lo esperan.

Roberto Nevárez Hermosillo no habla de grandes sueños ni de riquezas. Habla de trabajar, de su hija, de sus nietos y de agradecer que todavía tiene fuerzas para levantarse cada mañana.

Y en medio de una vida que le ha arrebatado a personas indispensables, don Beto conserva una certeza: mientras pueda seguir caminando y haya alguien que lo necesite, todavía tiene motivos para continuar.

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