“No me arrepiento, ya lo hecho, hecho está”; por 4 mil pesos a la semana, Rodrigo secuestraba y torturaba en Ciudad Juárez

Por al menos 4 mil pesos a la semana, Rodrigo —un joven que desde hace un año y ocho meses está recluido por segunda ocasión en el Centro de Reinserción Social para Adolescentes Infractores (Cersai) No.2— secuestraba y torturaba en esta ciudad.

En entrevista con EL UNIVERSAL, Rodrigo, quien por seguridad pide ocultar su identidad, cuenta que participó en un homicidio a sus 14 años, lo que lo llevó a estar detenido por primera vez a los 15.

Aunque su condena en esa ocasión fue corta, al salir del penal para adolescentes continuó delinquiendo, convirtiéndose en cuidador y torturador de personas que estaban secuestradas en casas de seguridad. Por ello, volvió a ser detenido, y hoy —a sus 19 años— enfrenta su segunda condena en el Cersai, junto con otros 81 jóvenes que, al igual que él, han cometido algún delito, como asesinato, secuestro, violencia sexual, robo o hasta un feminicidio.

A decir de las autoridades, que los jóvenes estén participando en hechos delictivos tiene que ver con diversos factores, que van desde el consumo de drogas, lo que viven en casa, las amistades y el dinero fácil, hasta las condenas cortas para los jóvenes infractores.

“Malas amistades”

Con su uniforme color gris, la mirada tranquila y hasta un poco avergonzado, Rodrigo dice a este diario que fueron las malas amistades las que lo llevaron a participar en el crimen organizado.

Con un aspecto delgado y visiblemente tranquilo, ahora piensa en cómo reintegrarse a su familia y a su vida diaria, aunque asegura no arrepentirse de lo que cometió antes de estar dentro del Cersai.

“Son las malas amistades, en el círculo social donde te juntas. Al inicio, más que nada era adrenalina, uno lo gozaba, pero sí te pones a pensar ya que estás aquí. No aprovechaba a mi madre, a mi familia por andar en cosas delictivas”.
El joven vivía en la colonia Aztecas, una de las zonas más conflictivas de la frontera, y —según detalla— fueron sus amigos del barrio y de la infancia quienes lo fueron involucrando en el crimen.

Asegura que su madre y su familia no sabían a lo que se dedicaba: “Al inicio yo no me drogaba ni nada, cuando tenía 15 años me comencé a meter las píldoras, las pastillas, pero nada más. Eso me llevó a desconectarme del mundo, la mente la traes en otro rollo, no piensas en hacer las cosas. Lo más fuerte que yo hice fue torturar personas. Era parte del trabajo”.

Según cuenta, no vivía con miedo, pero sí con cuidado de la gente y del lugar donde estaba, para evitar ser detenido o asesinado.

“Fue hasta que salió mal un trabajo que me detuvieron. Cuando llegas aquí piensas lo peor, que una condena de 20 años de 25, pero ya después te explican cómo está el sistema”, añade.

Ahora, sus días se reducen a jornadas que se inician a las 05:30 de la mañana y concluyen por las tardes, mientras que el fin de semana recibe la visita de su madre.

Un año y cuatro meses, dice Rodrigo, le faltan para salir del Cersai, tiempo en el que busca seguir rehabilitándose para poder rehacer su vida. Al salir del penal, asegura que le gustaría seguir estudiando e incluso llegar a la universidad y estudiar la licenciatura de Administración Aduanera.

“Me siento bien de estar aquí. Un día normal es ir a mis actividades, lo que es la escuela, domos [patios], hacer deporte. Es una segunda oportunidad (…) Me quiero salir del círculo donde me juntaba, no llegar a las mismas amistades (…) Ya como a tres de mis amigos de la infancia ya los mataron”, dice.

Tras su experiencia, él aconseja a los adolescentes que se retiren del crimen y de las amistades que los pueden llevar a cometer delitos.

“No me arrepiento, ya lo hecho, hecho está, no habría forma de regresar [a delinquir]. Ya pensaría más antes de actuar, y aquí, aunque digan que es una condena de cuatro años, te sirve y es mejor a tener una condena de 25 a 50 años”.

Reinserción

Denisse Lysett Lozano Aubert, directora del Cersai No. 2 en Ciudad Juárez, cuenta que en el lugar habitan 68 hombres y 13 mujeres.

Detalla que, en el caso de los hombres, 95% de ellos llegó por consumo de drogas, delitos como secuestro, homicidio, robo, feminicidio, portación de armas de fuego y violación. Las mujeres han cometido el delito de secuestro, que en su mayoría fue por parte de sus familias o pareja, es decir, ellas cuidaban a una persona secuestrada.

“Todos llegan con diferentes tipos de percepción. Muchos con mucho temor al momento en que llegan a un centro de reinserción para adolescentes. A todos les vamos haciendo planes individuales, los cuales nos brindan las herramientas para trabajar con ellos en el tiempo en el que están en el Cersai”, afirma la titular del lugar.

Lozano Aubert asegura que el que un joven adolescente en esta frontera cometa un delito está ligado con quienes conviven y lo que vivieron en casa en su niñez y parte de su adolescencia.

“Cada asunto es diferente. Hay unos que son parte de lo que replican, [son] conductas que han vivido en casa y es lo que conocen. Por lo tanto, no saben cómo actuar de manera diferente.

“Otros de ellos, sí es por parte de los grupos delincuenciales que se van acercando a las realidades, a las necesidades de ellos, como el abandono de papá o de mamá, pero principalmente también es el consumo de drogas, los grupos delincuenciales y el abandono”.

La reinserción de los jóvenes en este penal consiste en que al momento que llegan se les brinda un trato destinado o a la medida de la sanción como adolescentes. Lo máximo que pueden durar dentro del penal, aun cuando cometieron un homicidio o secuestro, y pese a que son las penas máximas en este estado, es de apenas cinco años.

El sistema con el que cuenta el Cersai es meramente socio-educativo, es decir, buscan brindar a los jóvenes educación desde primaria, secundaria y preparatoria. A la fecha se tienen convenios con instituciones como Conalep, que les brindan la educación en nivel preparatoria; actualmente 25 toman clases.

Además, se tiene otro convenio con la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), donde —una vez que egresen del centro— los jóvenes que así lo deseen podrán ingresar a la institución con una beca de 100%.

A la par, se trabaja con organizaciones de la sociedad civil para brindarles la oportunidad de tomar talleres como teatro, prevención de delito, además de grupos de apoyo religiosos y espirituales. También se les da la oportunidad de aprender oficios como carpintería, elaboración de jabones, corte de cabello y uno de invernadero, donde los adolescentes siembran alimentos que llegan a vender a fin de obtener recursos para el penal.

Según lo que se detalla, por medio de estas acciones se logra crear una conciencia de lo que sucedió y los orilló a cometer un delito. “Hay otros de ellos que a lo mejor no vamos a lograr el objetivo de la reinserción, porque ya están muy inmersos en diferentes situaciones, y una vez que egresan de aquí no cuentan con redes de apoyo, por lo que continúan en lo mismo. Por lo general, sí vemos un cambio radical, la disciplina, el comportamiento, controlar las emociones”, comenta Lozano Aubert.

En el Cersai trabajan dos sicólogas, una trabajadora social, una criminóloga, tres docentes, enfermeras, dentistas y doctora. Además, hay 52 elementos de Seguridad y Custodia de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal para el cuidado de los adolescentes.

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