Murió el crítico literario Harold Bloom

El canon occidental ha perdido esta tarde a uno de sus grandes edificios. Pocas vidas fueron entregadas incansablemente a las letras y a la propagación de las obras de los verdaderamente grandes de literatura. Harold Bloom (Nueva York, 1930) fue una civilización. Generoso, teórico y de una gentileza peculiar, dibujó un mapa universal de la escritura, desde el Antiguo Testamento hasta Jorge Luis Borges; desde Dickens hasta Dostoievski y Chéjov.

Cómo leer y por qué es uno de los retos más ambiciosos en la promoción de las grandes obras de la humanidad La noticia ha causado dolor en las bibliotecas personales, públicas y privadas. Su libro sobre Shakespeare permanecerá como uno de los grandes compendios sobre el más influyente dramaturgo de la modernidad. Su crítica le hizo acreedor al respeto hasta de sus detractores, que no fueron pocos. Bloom ocupa un lugar central en la vida de los lectores —millones— que se acercaron a sus libros para encontrar pistas bibliográficas cuando no había más que oscuridad en las vitrinas. Muchos jóvenes comenzaron leyendo sus reseñas para aventurarse en lo más sublime de la tradición. En ese sentido, el trabajo de Bloom es de un altruismo sincero y bien intencionado.
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Caleidoscopio, versátil y amo de una paleta de colores poco común, Bloom supo —como pocos— entender el valor histórico de los grandes autores, a los que observó con respeto y admiración. Promotor de la poética, del relato corto y de la novela, el estadunidense dedicó toda su vida —89 años de esmero— a la exploración de luces y a compartirlas con un estilo sencillo, pero no menos profundo. La teoría Bloom es imperecedera. Cada nueva generación de lectores hallará en sus páginas una lámpara incorruptible para comenzar su propio sendero en el maravilloso mundo de las palabras. Al estilo de Borges, Harold acercaba al convivio en la cima del relato de la escritura en la que platican Yeats, Stevenson, Chesterton o los pesos pesados de la Historia: Homero, Dante, Virgilio y Las Escrituras. Hay una suerte de vacío con su partida. Habrá que volver al comienzo: ese día en que el maestro abrió el universo que nunca se cerraría. El canon sirve para romperse: hay que quebrar el vidrio de emergencia y sentarse a leer a un verdaderamente grande del lenguaje.

Fuente: Vanguardia