El presidente de México renuncia a la batalla contra el coronavirus

El pasado 13 de junio, mientras México sobrepasaba las 17,000 muertes relacionadas con la pandemia y la curva de contagio del nuevo coronavirus no mostraba señal alguna de empezar a declinar, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, publicó un video con lo que denominó un “decálogo para salir del coronavirus y enfrentar la nueva realidad”. El video, grabado en uno de los hermosos pasillos en el interior del Palacio Nacional, mostró una de las versiones más insustanciales de López Obrador. No hubo menciones de políticas públicas serias o nuevas medidas sanitarias para contener la pandemia, mucho menos algún anuncio de asistencia económica urgente. En vez de eso, López Obrador ofreció una letanía de banalidades.


En el video, el presidente sugirió que los mexicanos deben buscar tener “buen estado de ánimo” y mantenerse “optimistas”. Deben “darle la espalda al egoísmo” y alejarse “del consumismo”. Deben “defender el derecho a gozar del cielo, el sol, del aire puro”. López Obrador también recomendó comer frijoles y maíz (“es una planta bendita”) y le dijo a los ciudadanos que consideraran criar pollos en sus patios, una práctica que lamenta se haya perdido por “una malentendida modernidad”. Para finalizar, dice, las personas deben buscar un ideal, “una utopía”.
“Solo siendo buenos podemos ser felices”, predica, haciendo pausas en cada palabra.

Este no ha sido su primer “decálogo”. En febrero reaccionó a la creciente indignación contra la violencia de género con una lista similar que incluyó declaraciones como “se tiene que respetar a las mujeres” o “castigo a los responsables de violencias contra mujeres”. Sin embargo, el sermón del sábado no debe desestimarse como otro simple y desatinado intento de reemplazar políticas públicas con demagogia. Detrás del consejo “respetuoso” de López Obrador al pueblo mexicano, hay una verdad más oscura: ha decidido dejar a los mexicanos a su propia suerte.

Esto no debería ser una sorpresa. En los últimos meses, López Obrador abandonó por completo su responsabilidad en la lucha contra el COVID-19. De manera irresponsable le restó importancia a los riesgos de la pandemia, al igual que otros con actitudes populistas similares. También ignoró las normas más básicas de distanciamiento social e higiene. De un modo verdaderamente “trumpista”, sigue negándose a utilizar un cubreboca, incluso cuando otros alrededor de él sí lo hacen (el zar del coronavirus en México, Hugo López-Gatell, también se ha negado de forma inexplicable a apoyar el uso de cubrebocas como una medida obligatoria). López Obrador desestimó el plazo de cuarentena establecido por sus propios expertos de salud para iniciar un conjunto de innecesarias apariciones públicas. Quizás bajo la impresión mesiánica de que puede terminar una pandemia por decreto, López Obrador ha anunciado repetidas veces el fin de la amenaza, aun cuando el número de casos en México sigue subiendo.

El domingo 14 de junio, en otro video, volvió a insistir en que el país había superado la pandemia. “Considero que ya pasó lo más difícil, lo más riesgoso”, dijo, aun cuando los datos sugieren lo contrario. López Obrador parecía inmune a los peligros que enfrenta el país. Las personas, dijo, deben recobrar la libertad y seguir con sus vidas: “Como ya sabemos cómo cuidarnos (…) ahora vamos a poder salir a la calle y vamos a realizar nuestras actividades como siempre. Pero ya es un asunto de nosotros(…) Ya que no sean las autoridades las que nos den las recomendaciones”.

La decisión de López Obrador de animar a los mexicanos a pasar la página cuando el virus sigue azotando el país es inmoral. Él sabe que el país está volando a ciegas. Las autoridades epidemiológicas han decidido aplicar muy pocas pruebas de diagnóstico. Los esfuerzos para el rastreo de contactos son apenas perceptibles. México incluso pareciera estar escondiendo crónicamente la cifra real de los muertos. Hace unas dos semanas, cuando el país empezó a reactivarse, los propios expertos en salud del gobierno de López Obrador presentaron un sistema de alertas por colores para monitorear el avance. El primer día, solo un estado del país no estaba en rojo. Las cosas no están mucho mejor hoy.

López Obrador no tiene excusas para su impaciencia. Si estuviera realmente interesado en la recuperación económica, hubiera hecho más para ayudar a los negocios a soportar la tormenta. No lo hizo, y ahora millones de mexicanos están desempleados. Tampoco tiene ninguna urgencia política. Todavía falta un año para las próximas elecciones federales de México. Eso deja dos posibilidades: o realmente cree que el país ha controlado la pandemia o de verdad cree en los poderes curativos del optimismo y los pollos de patio.

Desinformado o simplemente delirante, el presidente de México ha renunciado a la lucha contra el COVID-19.

Con información de www.washingtonpost.com