Si te dijera que el triunfo de tu equipo preferido en la final de un Mundial de fútbol es posible, ¿te alegrarías? ¿O preferirías que te dijera que es probable? Qué tal si te digo que muy posible… ¿es mejor que ‘probable’?
Cuando escuchas o lees las noticias, a menudo te encuentras con palabras que tienen como objetivo comunicar la probabilidad de que algo suceda.
Un ataque terrorista que es “plausible”, la propagación de una determinada cepa de virus que es “altamente probable”, o si es “casi seguro” que suban los tipos de interés…
Pero, ¿sabes realmente qué tan probable es “probable”?
En algunos casos, es posible que no lo sepas.
Y eso es algo que le llamó la atención al epidemiólogo matemático Adam Kucharski, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, quien es especialista en modelar cómo se propagan las enfermedades infecciosas, y asesora a gobiernos sobre cómo anticipar y controlar epidemias.
Cuando trabajó en la respuesta a la pandemia de Covid notó que, aunque se publicaban datos científicos que él suponía suficientes para que la gente entendiera lo que ocurría, las pruebas no siempre bastan para persuadir a los demás.
La duda puede volverse especialmente tóxica, “sustituyendo una realidad consensuada por una que se disputa eternamente”, escribió en su libro “Proof, the Uncertain Science of Certainty” (Prueba: la ciencia incierta de la certeza).
Con información de BBC










